, , , , , , ,

Cuando Aritóteles se coló en nuestras organizaciones. Las famosas “ontologías”

Cuando mi mujer, muy belga ella, me dice hoy que la cena con amigos de anoche fue muy “gezellig”, puedo intuir que se refiere a que la conversación fue rica y emocionante, el jardín estaba precioso y acogedor, y la paella que nuestro buen amigo chileno Sebastian Betanzo nos preparó, era simplemente deliciosa. Sin embargo,…

Cuando mi mujer, muy belga ella, me dice hoy que la cena con amigos de anoche fue muy “gezellig”, puedo intuir que se refiere a que la conversación fue rica y emocionante, el jardín estaba precioso y acogedor, y la paella que nuestro buen amigo chileno Sebastian Betanzo nos preparó, era simplemente deliciosa.

Sin embargo, jamás podré comprender por completo la carga semántica de esa palabra cuyo equivalente no existe en Castellano, de la misma forma que ella todavía no puede capturar el significado profundo de la palabra “cutre” porque no existe en su idioma. Y es que hay cosas que solo entiendes completamente si están expresadas en tu lengua materna y si ésta dispone de un término que signifique esa idea en concreto.

Los mecanismos del lenguaje que nos ayudan a comprender el mundo

Hace unos días @GregorioLuri decía, a raíz de la caída en “comprensión lectora” del Informe PISA, que “la base de todo no es la comprensión lectora, sino el vocabulario: el conocimiento del nombre preciso de las cosas y del significado preciso de las palabras. Pero como el significado de una palabra es la extensión de su uso, lo primero de todo es expandir el mundo del niño… La comprensión lectora de un niño no es mayor que la extensión del mundo en el que se mueve. Si falta mundo, faltan usos y agilidad léxica. Por eso la comprensión lectora no es una competencia general, sino relativa al contexto significante”.

A raíz de las palabras de Gregorio, yo me preguntaba: ¿el lenguaje hace posible el pensamiento consciente o simplemente nos permite distinguir, organizar y comunicar algo que ya experimentamos? O dicho de otra forma: el mundo que puedo representar conceptualmente ¿está condicionado por los recursos de mi lenguaje? Pensemos en un niño que conoce la palabra “árbol” y más adelante aprende: “roble”, “encina”, “haya”, “fresno” ó “abedul”. El paisaje visual es físicamente el mismo para el niño, pero cognitivamente ya no lo es. Donde antes veía un “árbol” ahora es capaz de ver una variedad muy concreta de él. El vocabulario ha aumentado su resolución conceptual.

Aristóteles ya se hizo esta pregunta hace más de dos mil trescientos años. En “Sobre la interpretación sostiene que las palabras son símbolos de las afecciones del alma y que esas afecciones son las mismas para todos, aunque los nombres cambien. Es decir, mi mujer y yo vivimos la misma cena y solo la nombramos distinto. Reconfortante, porque sugiere que el mundo es común; incómodo, porque yo sigo sintiendo que hay algo en “gezellig” que se me escapa. Para Aristóteles conocer es descender del género a la especie, afinar las diferencias hasta ver lo que antes era solo una masa verde, y en la “Metafísica” nos recuerda que la vista es el sentido que más nos hace conocer el mundo precisamente porque revela diferencias. El bosque no cambia, pero el niño que tiene las palabras ya no mira exactamente lo mismo. Y esas palabras no se adquieren de golpe: son un hábito (“hexis), como las virtudes, que se cultiva con el uso y con la exposición a un mundo lo suficientemente amplio como para ejercitarlo. Quizá por eso Luri tiene razón cuando dice que sin mundo no hay vocabulario. Porque las palabras no inventan el paisaje, pero sin ellas tampoco lo conocemos del todo.

Aristóteles se cuela en nuestras organizaciones

Últimamente no paro de escuchar el término “ontología” en contexto tecnológico, es como si todos los expertos se hubieran puesto de acuerdo en traer al presente la Grecia clásica y sus pensadores. Esta semana por ejemplo en una estupenda ponencia de Jorge Perez, responsable de AI en SAP para el sur de Europa, insistía en la importancia de las ontologías como representación formal y explícita de los conceptos del negocio y de cómo se relacionan: “cliente”, “pedido”, “factura”, “material”, “centro”, “proveedor”, y cómo se conectan cada uno con los demás.

El vocabulario del negocio, necesitamos que sea legible por una máquina que no tiene conocimiento tácito de nuestra empresa. Los LLM por ejemplo, no saben qué significan estos términos en nuestras organizaciones. Manejan probabilidades lingüísticas, pero “ingresos”, “cliente activo” o “pedido abierto” pueden significar cosas distintas según la compañía. Sin una definición precisa, alucinan o interpretan mal. Tras décadas de implantaciones, SAP tiene modelos de datos, datos maestros, procesos estandarizados y reglas de negocio que dicen qué es cada cosa y cómo se conecta con las demás. El ERP ha dejado de ser una mera base de datos y pasa a ser la fuente de significado que ancla a la IA.

Hay algo curioso en que la palabra “ontología” llegue al gran público justo cuando el mercado empieza a vaciarla. Tony Seale, experto en grafos de conocimiento, lleva años defendiendo que el significado de las cosas importa, cuando nadie quería oírlo. Acaba de formular una ley que dice que “la precisión de lo que significa una palabra es inversamente proporcional a su valor comercial como término de marketing. Le pasó a “nube”, a “plataforma”, a “IA”, y le pasa a “transformación” empresarial, una palabra con la que los que nos dedicamos a esto convivimos a diario. El proceso siempre es parecido: la palabra empieza señalando algo real, después resulta útil en una presentación comercial y acaba siendo inútil en todas nuestras conversaciones. La palabra sobrevive, pero el significado se ha desdibujado, y ahora le toca a los términos “semántica” y “ontología”.

¿Por qué es importante que las “máquinas” se entiendan?

Seale explica la importancia de conectar significados entre “máquinas” con sus sistemas multiagente. Lleva meses sobrepasando los límites de consumo de tokens que tiene en su presupuesto, y no porque sus agentes trabajen mucho, sino porque no paran de explicarse cosas unos a otros. Un agente pregunta: “¿qué clientes tienen contratos que vencen el mes que viene?”. Pero… ¿“cliente” es la entidad legal, la cuenta de facturación o el grupo matriz? ¿“vencimiento” es el fin del contrato o el plazo para avisar?

Cuando un agente dice “contrato”, otro puede decir “acuerdo”, y se tienen que poner a negociar qué quieren decir mientras el contador de tokens corre y Open AI ó Anthropic se frotan las manos. Una ontología, con un grafo que conecte “cliente”, “contrato”, “fecha” y “registro de origen”, funciona como una red de carreteras: cualquier agente sigue el camino en lugar de tener que abrir todos los documentos que mencionan dichos conceptos.

Así que lo primero es disponer de un significado compartido. Pero según Seale, falta la otra mitad, la más difícil: disponer de una identidad compartida. Una ontología te dice que dos registros son “clientes”, pero no te dice que “customer_18472” y “party_66291” sean el mismo cliente, así que tienes un vocabulario común para hablar de cosas que todavía no puedes señalar.

Lo curioso es que ya sabemos resolverlo: dale a cada elemento una dirección y haz que el emparejamiento se resuelva mediante grafos, como lleva haciendo cualquier motor de búsqueda en la web desde hace años. Cualquier otra forma de unir datos entre fronteras exige una reunión de coordinación, pero con identificadores compartidos, dos equipos que jamás se han visto y nunca han pactado un esquema, ven cómo sus datos se unen solos. Seale lo llama “referencia sin permiso: puedes referirte a una identidad sin tener que negociar antes conmigo cómo se llama.

Los “Agentes de Cambio” como conectores en los procesos de transformación

Y aquí me detengo un momento, porque este “poner de acuerdoa diferentes equipos sobre la naturaleza de las cosas, ha sido el oficio de muchos de los que trabajamos en transformación. Durante décadas hemos sido el mecanismo de integración: la persona por ejemplo que sienta a Finanzas con Operaciones, traduciendo y dejando acordado entre ellos qué significa cada cosa. Adicionalmente, la disciplina de “Arquitectura Empresarial” lleva más de cuarenta años dibujando mapas de sistemas: donde el diagrama no llegaba, llegaban las personas y su entendimiento profundo de cómo funciona nuestra organización.

Y entonces ¿nuestro rol ha quedado obsoleto?. No, el desarrollo de las ontologías en los modelos de datos, no nos hace prescindibles a los que nos dedicamos a la transformación de compañías, más bien lo contrario. Una ontología no decide sola qué significa “cliente”, sino que alguien tiene que tener esa conversación una primera vez con todas las personas involucradas y ponerles de acuerdo, para que no haya que repetir esa puesta en común en cada consulta de información, en cada petición de un agente ó en cada reunión. Un buen gestor del cambio hace en una organización lo que el grafo hace por el agente, que es poner señales en el camino para que nadie tenga que redescubrir de nuevo cada vez cómo funciona nuestra empresa por dentro.

Lo que ha cambiado es quién absorbía la ambigüedad. Antes lo hacían las personas con su conocimiento tácito del negocio y de la empresa, y se pagaba en horas que nadie valoraba formalmente. Un modelo no tiene ese contexto, y por primera vez el coste de no entendernos sale línea a línea en una factura de tokens que impacta en nuestras cuentas de resultados.

Una nueva forma de operar en el mundo

Sin embargo, nada avanzará realmente si todo este trabajo de entendimiento mutuo sigue ocurriendo tan solo dentro de las propias paredes de la empresa. Lo siguiente es que los agentes las crucen, del comprador al proveedor, de la empresa al regulador, de un socio a otro. Tu ontología puede que sobreviva al cruce, pero tus claves primarias no, y un identificador que muere en el cortafuegos es como un identificador “sin pasaporte”. Para que el significado viaje fuera del perímetro de mi empresa hacen falta estándares abiertos, no teatro semántico propietario.

Hay además otra frontera, la organizativa. Ethan Mollick cuenta que los directivos con los que habla sobre el impacto organizativo de la IA, ven cómo los perfiles se difuminan (ej. programadores de  código, diseñadores, responsables de producto y expertos de marketing). Los silos organizativos van cayendo, pero cuando el organigrama deja de servir como mapa, ¿qué ocupa su lugar? A lo mejor una ontología que falta es la del futuro del trabajo: qué es un rol, quién tiene los derechos de decisión sobre qué ó qué significa que algo esté “hecho”.

Si te interesa cómo va a evolucionar todo esto, te recomiendo seguir a Tony Seale en LinkedIn. Escribe sobre semántica, grafos y agentes con una claridad poco habitual, y defiende cosas que hoy parecen obvias desde mucho antes de que lo fueran. Él propone juzgar cualquier estructura de significado por su coste por respuesta correcta, mantenimiento incluido. Me gustaría ver ese cálculo aplicado a una empresa entera. ¿Cuánto cuesta cada vez que alguien tiene que averiguar de nuevo qué significa “cliente”?