Hoy las redes han amanecido con el mismo meme en mil versiones. A un lado, Elon Musk y una América que mira al cielo. Al otro, Macron y una Europa adormecida que va al salón del automóvil a sentarse en una lata eléctrica con cuatro ruedas. Dos fotos, con un pie de foto cruel y el veredicto ya dictado: “ellos inventan el futuro, nosotros le ponemos asientos amarillos al pasado”. El mensaje es simple, potente, pero ilustra un caso de “falso dilema” tan propio de nuestro tiempo. Las dos escenas son reales y llegan con apenas tres días de diferencia.
El lunes 12 de octubre, en la inauguración del Mondial de l’Auto de París, Macron recorrió los stands y, en el de Stellantis, se puso al volante del próximo eléctrico de Citroën. Es un 2CV resucitado, rojo, con asientos amarillos, y vuelve 36 años después de que dejara de fabricarse el original. La promesa es un precio inferior a 15.000 euros, lo que lo situaría entre los eléctricos más baratos de Europa, con producción prevista en Italia a partir de 2028. Macron fue, según la prensa francesa, a tranquilizar a una industria que se siente apretada por la competencia china, y parte de esa misma prensa ha señalado la ironía de que el coche se apoyaría en tecnología de Leapmotor, el socio chino de Stellantis.
El jueves 15, en el centro de pruebas de SpaceX en McGregor (Texas), Tesla presentó por fin la segunda generación del Roadster, una promesa que Musk lanzó en 2017 y cuya presentación se aplazó una y otra vez. El prototipo subió por una rampa curva, se invirtió, saltó sobre otros coches, rotó en el aire y aterrizó sobre sus ruedas, ayudado por propulsores de gas comprimido que vienen de SpaceX. Tesla habla de un 0 a 100 km/h en menos de un segundo (0,81 hasta las 60 mph, según la compañía), y Musk lo resumió diciendo que, al final, el futuro sí tiene coches voladores. Conviene no venirse arriba: fue una maniobra corta, no un vuelo sostenido.
Sin embargo, hay algo en esas dos escenas que me resulta más interesante que el chiste con el que nos gusta castigarnos a los europeos: ninguna de las dos está completa.
El Roadster tiene empuje y es un ejercicio de visión en estado puro, de los que ensanchan el mundo de lo que creíamos posible. Musk, consciente de la magnitud de la demo, insistió en que hubiera público presente para dar fe de que aquello no era una imagen generada por IA.
El 2CV por su parte promete un buen precio, cuenta con un plan de producción en cadena, una red comercial y un cliente que ya sabe de qué va la cosa. Sin embargo, ¿resucitar un icono es el camino para reactivar una industria que se declara en crisis existencial?
Los que nos dedicamos a la gestión del cambio reconocemos la importancia de ambos enfoques. Por un lado, el que inspira, el que agita las neuronas retando lo establecido y pinta un futuro deseable. Por otro, el que determina un camino y modelo operativo para alcanzar de forma realista esa meta. Charles O’Reilly y Michael Tushman popularizaron hace ya dos décadas la idea de “organización ambidiestra”, basada en la exploración y en la explotación. Explorar es buscar lo que todavía no existe: experimentar, tolerar el fracaso, apostar por lo incierto. Explotar es sacarle rendimiento a lo que ya sabemos hacer: eficiencia, escala, previsibilidad. El Roadster es exploración pura. El 2CV, explotación con acento francés.
El problema es que ambas lógicas se llevan fatal. Lo que premia la una castiga a la otra, y las empresas tienden a deslizarse hacia donde les aprieta más el zapato que suele ser el corto plazo. Las dos visiones necesitan estructuras, incentivos y culturas diferentes, y a la vez un equipo directivo capaz de sostener la tensión entre ambas y de decidir qué pasa de un lado al otro y cuándo. Y ahí es donde entramos los que hacemos gestión del cambio, sosteniendo en un ejercicio sutil y continuo las dos conversaciones a la vez.
La primera es la del Roadster. Ayudar a una organización a ver más allá de su día a día: construir una visión nueva, ensanchar el marco mental, dibujar un roadmap tan ambicioso que incomode. Es la parte en la que alguien tiene que entrar a la reunión y preguntar “¿y si el coche pudiera flotar?” sin que el resto de la sala le mire con incredulidad y desprecio.
La segunda es la del 2CV. Asegurarse de que existe un modelo operativo que funciona y que escala: procesos rediseñados, personas con capacidad y con motivos para el cambio, tecnología que funciona un martes cualquiera de octubre.
Preguntarnos quién va por delante, si América o Europa, nos distrae de lo que de verdad decide el futuro de una empresa, o de un continente: si es capaz de usar las dos manos a la vez, la que sueña con propulsores y la que sabe fabricar a 15.000 euros, y de que se coordinen entre sí. Porque el Roadster se llevó el aplauso del jueves, pero ya sabemos que el CAPEX se lleva el lazo y el OPEX la factura, y es en los miles de días poco vistosos que vienen después donde se decide si aquello vuela o se queda tan solo en una buena demo. Así que además de reírte del meme, piensa un poquito más allá y hazte la pregunta que merece la pena ¿qué haría falta en tu organización para que quien imagina y quien fabrica se sienten mañana a la misma mesa?
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